
Vemos rostros nuevos por la ciudad: los amables en el improvisado mercado o en las casas vecinas, y los hostiles por la noche, con cegadoras linternas y palos y cuchillos.
Buscamos nuevas rutas por las que recorrer las ruinas, incluso bajo tierra, para evitar los disparos de los francotiradores y saquear cualquier cosa que tenga valor. Nunca es mucho.
Pero seguimos resistiendo. No nos queda otra.